En el nuevo El Salvador del Líder del FMLN Mauricio Funes Hoy se rinde homenaje al Padre Mártil Monseñor Oscar Arnulfo Romero
En 1980 un 24 de marzo escuadrones de la muerte vinculados al Gobierno de la Ultraderecha salvadoreña asesinan al arzobispo de San Salvador Monseñor Oscar Arnulfo Romero.
Salvadoreños recuerdan a monseñor Romero
Su muerte causó conmoción mundial porque se trataba de un alto prelado de la Iglesia Católica, que en vez de ser indiferente y complaciente con el orden social injusto en su país El Salvador, azotado por una guerra civil sostenida, clamaba por el cese a la violencia y la represión militar contra la población indefensa.
El Arzobispo Romero por su obra recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Georgetown (EE.UU.) y de la Universidad de Lovaina en Bélgica. Fue nominado al Premio Nobel de la Paz y recibíó el premio Paz de Acción Ecuménica de Suecia.
La prédica cristiana del Padre Romero le valió la antipatía de la ultraderecha de El Salvador y de la cúpula militar de los EEUU, que jamás le perdonó palabras como estas:
¡Cuánto falta para despertar en los hombres de hoy, sobre todo en aquellos que torturan y matan y que prefieren sus capitales al hombre, retener en cuenta que de nada sirve todo, los millones de la tierra nada valen por encima del hombre. El hombre es Cristo, y en el hombre visto con fe y tratado con fe miramos a Cristo el Señor".
Su llamado a desobedecer las órdenes de asesinar de los altos oficiales del Ejército fue lo que colmó al generalato que culpaba a civiles campesinos, profesores universitarios y sacerdotes progresistas de apoyar el movimiento guerrillero del FMLN, quienes un 24 de marzo de 1979 planificaron el vil asesinato, y lo ultiman de un tiro que le traspasó el corazón en la capilla del Hospital para Cancerosos La Divina Providencia en San Salvador.
Estaba celebrando la Eucaristía, consagrando el pan y el vino.
Días después sacerdotes jesuitas fueron ultimados por escuadrones de la muerte del gobierno, bajo el mando del mayor Roberto D'Aubuisson, a quien se señala precisamente como autor de la muerte del Arzobispo Romero, Mártir de los Pobres de América.
Este criminal fue reiteradamente protegido por los EEUU por sus servicios en favor de la "democracia" socialcristiana de El Salvador, organización política que conjuntamente con buena parte de la dirigencia del partido dominante ARENA, que se mantuvo por 20 años en el poder en esta nación centroamericana hasta su derrota ahora por el dirigente del FMLN y presidente elector de El Salvador Mauricio Funes, está directamente involucrada en la desaparición y masacre de más de 100 mil salvadoreños, sobre todo campesinos, sindicalistas, obreros, dirigentes sociales, sacerdotes, monjas e intelectuales de izquierda. Muertes que tratan en vano y descaradamente de justificar como necesarias en el marco de la Guerra Fría y la lucha contra el fantasma del comunismo soviético y procastrista.

Oscar Arnulfo Romero y Galdámez nació un 15 de agosto de 1917, en Ciudad Barrios, Departamento de San Miguel, en el oriente de la República de El Salvador. Su padre era telegrafista y su madre de oficios domésticos, de orígenes muy humildes y católicos muy devotos.
Estudió plan básico en San Miguel hasta la edad de doce años. Abandonó sus estudios y se dedicó al aprendizaje de carpintería y a la música. Fue durante este tiempo, en 1930 y a los trece años de edad, que Oscar recibió su llamada al servicio de Dios. Ingresó al seminario menor en San Miguel y luego, en 1937, se mudó a Roma donde terminó sus estudios teológicos en la Universidad Gregoriana el 4 de abril de 1942. Los fines de semana se dedicaba a enseñar catecismo en las parroquias populares de la ciudad eterna. Por motivos económicos y a causa de la segunda guerra mundial, sus familiares no pudieron viajar a Roma para asistir a su graduación. El joven sacerdote regresó a El Salvador en 1943, con una breve pausa en la isla de Cuba, ya que el entonces presidente, Fulgencio Batista, lo detuvo y lo internó en un campo de concentración organizado por el gobierno cubano. Por fin, regresó a su natal San Miguel y el obispo le confió la parroquia de Anamorós, un pueblo cerca de San Miguel donde se venera la patrona de El Salvador, Nuestra Señora de la Paz.
El 3 de febrero de 1977, la Iglesia Católica en el Vaticano bajo el mando de Pablo VI, le concedió el título de Arzobispo de San Salvador, sólo unas semanas antes de las elecciones presidenciales que trajeron al General Carlos Humberto Romero a la presidencia de la república. Sangre, tortura y persecuciones enmarcan los tres años que sirvió como Obispo de San Salvador
En enero de 1979, Monseñor Romero se unió al resto de los obispos de Latinoamérica en Puebla, México; para discutir el futuro de la Iglesia. El nombramiento de Juan Pablo II hizo hincapié de la importancia de esta junta. En Puebla, Monseñor Romero recibió el reconocimiento y el apoyo que buscaba para fortalecer su posición dentro de la Iglesia salvadoreña y enfrentar un gobierno corrupto que intentaba silenciar su voz. Cuarenta Obispos de Latinoamérica firmaron una carta de soliradidad, alabando su lealtad al Evangelio y a la Teoría de la Liberación. La Teología de la Liberación se basa en la palabras de Cristo: "Pónganse de pie y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación". Esta teología pretende liberar a los pobres de la injusticia social, del hambre y de la miseria.
Durante la guerra civil de este país que daba comienzo en 1979, Monseñor Romero se convirtió en la "voz de los sin voz" y en "el pastor del rebaño que Dios le había confiado" por su férrea defensa de los derechos de los pobres y marginados. Tras el asesinato de su colega y buen amigo, el sacerdote Rutilio Grande, Monseñor Romero cita las enseñanzas de su Papa favorito, Pío XI: "La misión de la Iglesia no es desde luego política, pero cuando la política toca el altar, la Iglesia defiende el altar." Es por esto que Monseñor intervino en el conflicto social que estaba destruyendo a su país y a su gente. Dio noticias de las desapariciones de la población civil, de las torturas y matanzas de las Fuerzas Armadas y se atrevió a seguir denunciando el gobierno corrupto en un terreno resbaladizo del juicio histórico. Se atrevió a dar nombres y apellidos para describir esa opresión de los pobres que, como enseña el Catecismo de de San Pío X, clama venganza ante Dios. Son muchos los militares y periodistas los que asistieron a sus sermones que siempre trataron de la actualidad del país y Monseñor Romero recurrió a las palabras de San Agustín y Santo Tomás para justificar a quien se levanta contra las leyes opresoras. La defensa de los pobres siempre fue su criterio para juzgar la política.
Monseñor Romero, luego de luchar por los derechos humanos de los pobres y de los oprimidos por el gobierno, cae asesinado por un certero disparo de calibre 25 directo al corazón, el 24 de marzo de 1980, mientras celebraba una misa en la capilla del Hospital de la Divina Providencia en San Salvador. Fue en este día que los corazones salvadoreños se manifestaron y se dividieron. Mientras unos lloraban la muerte de Monseñor ante el cuerpo sacrificado a los pies del altar, otros celebraban y brindaban por "la ejecución de ese comunista hijo de puta". Su muerte martirial sancionó para siempre su vida y lo ha convertido en una buena noticia para los hombres de nuestro mundo contemporáneo. Es el símbolo real de muchos mártires, sobre todo de la multitud de mártires anónimos, porque su disposición fue siempre de dar su vida por Dios.
La figura y el legado de Monseñor Romero sigue generando simpatía entre la población salvadoreña, especialmente entre los pobres. Pero también su figura es rechazada por los poderosos, quienes siempre le criticaron su posición en contra del gobierno y de las fuerzas armadas de El Salvador que cometían actos de brutalidad entre la población campesina. En medio de una historia de dolor, vivió y compartió con los pobres su fe inquebrantable en el Señor de la Vida, la esperanza de ver realizada en El Salvador la realidad cristiana de unos cielos nuevos, de una tierra nueva, y una caridad no sólo anunciada, sino encarnada en el destino de los pobres. Con ellos, desde ellos y para todos proclamó los grandes valores que Dios ha dado a la humanidad.
Para muchos, la imagen de Monseñor Romero es el símbolo religioso más grande del país y, desde su asesinato, su legado ha traspasado fronteras y se ha convertido en un símbolo universal de la justicia y de la paz. Su proceso de beatificación y canonización se inició el 24 de marzo de 1994 a cargo del sacerdote Rafael Urrutia, párroco de la misma capilla donde Monseñor fue asesinado. Ahora le conocen como "El Profeta y Mártir de la Américas".
EL ARZOBISPO OSCAR ROMERO
PROFETA Y MÁRTIR DE NUESTRO TIEMPO
por Luis R. Negrón Hernández




